De un momento para el otro, un ser humano se percató de su existencia e importancia en el mundo. Supo que no tenía que seguir sus instintos primarios, a diferencia de los demás animales con los que convivía. Supo que su raza, su descendencia, estaría destinada a la grandeza, a la majestuosidad. Supo que tenía dignidad. Supo que tenía inteligencia.
Se sintió completamente solo, no había alguien más en el vasto mundo como él. Era astuto y poderoso; sus dominios abarcaban todo lo que alcanzaba a ver: desde la más alta montaña, hasta el más extenso valle. Gobernaba sobre todas las demás especies que existían, ya fueran animales o plantas. Pero, no podía compartir sus logros ni sus pensamientos con ellos, no eran sus iguales, no lo comprenderían de ninguna manera.
Un día, simplemente, se fue. No sabía cuál era su destino ni su razón de ser. Deambuló durante meses, o tal vez años, distancias incalculables, se alimentaba de lo que la Madre Naturaleza le ofrecía con sus benéficos y fructíferos brazos.
Cruzó los mares, escaló montañas, atravesó praderas interminables e incluso nadó en contra de la corriente de los ríos más fuertes; hasta que se encontró con la mujer. Ella era hermosa para los ojos del hombre, trataron de comunicarse y al instante pudieron hacerlo. El lenguaje que utilizaban era entendido y hablado por ambos. Se sorprendieron.
Ambas creaturas se miraron a los ojos y, al ver la mujer los del hombre, decidió que no lo amaba, que no seguiría sus instintos. Aquella mujer se fue, desapareció para siempre de la vida del hombre.
Tomó un millón de años más el nacimiento de la especie humana.